◙ TESTIMONIO: NÉLIDA TAIANO

RECORDANDO A QUIENES NOS PRECEDIERON: Héctor Taiano por Nélida Taiano

Conocí la Iglesia Evangélica Metodista de La Boca cuando entré al Jardín de Infantes en la Avda. Almirante Brown 1050, con las inolvidables Dora Robles y María Luisa Moreira.

Terminado el Jardín pasé un tiempo sin concurrir y a los 8 o 9 años volví a la Escuela Dominical y a la Liga de Menores. Allí conocí al pastor Arturo Wesley, Noemí Bissio y a Luisa Bissio con sus clases y con el novedoso cine en el Salón de Actos.

Entre ellos Sella Tallon, que se destacó marcando para siempre mi vida con su testimonio.  Seguía luego la Liga Intermedia. Bendita Elena “Chicha” Desanze, su Directora ….  ¡…que  paciencia nos tenía…!

Héctor, que se acercó a la Iglesia para tomar clases de dibujo, también de la mano de Sella Tallon, conoció allí el Evangelio. Cómo olvidar que al recibirse él de odontólogo, en un momento de angustia lo llamaron del Ejército para trabajar en Cobunco – (Pvcia. de Neuquén) ella llegó a pedir por él como “mi hijo”, evitando su traslado.

La Liga de Intermedios fue nuestro lugar de encuentro. Muchos años de novios y finalmente el casamiento.

Héctor era un luchador y cuando creía en algo lo defendía contra viento y marea; ya sea la Iglesia, sus ideas socialistas, la escuela laica y a su querida Escuela Morris de la que fue uno de sus primeros dirigentes.

Probablemente terco en algunas cosas, pero siempre honesto.

Con nuestra unión y su profesión hizo de nuestra casa no una sala de espera, sino un living donde recibir a sus amigos entre anestesias y amalgamas. “Si sufrimos aquí reinaremos allá”, bromeaba con sus pacientes de la Iglesia.

Nos regocijó el Señor con tres hijos, a los cuales trató de guiarlos hacia el estudio como su mejor herramienta para sus proyectos de vida. Se enorgullecía de ellos con cada uno de sus logros y les dejó como mejor regalo el amor por la justicia y una profunda sensibilidad social.

En nuestra casa podía no haber abundancia de dinero, pero sí muchos libros.  Lector empedernido, a veces le decíamos que compraba más de lo que podía leer. Sin embargo, aún al revisar algunos de ellos vemos sus subrayados y sus notas.

Dedicado a la predicación, tenía un archivo de sermones escritos a mano en los cuales tocaba los más diversos temas.

Tal vez estas cualidades puestas al servicio de la obra del Señor no le proveyeron de gran fortuna, pero era feliz así.

El Señor se lo llevó demasiado joven y con tantos proyectos que realizar.

Trabajó activamente para celebrar los 100 años de la Iglesia de La Boca, preparando una historia que no pudo terminar.  Horas y días y días de investigar, de entrevistas que no pudo plasmar en el libro, como hubiera querido.

A la distancia, a todos los que se fueron, pretendemos presentarlos como superhombres.  No haré así con él.

Fue un hombre que al sentir el llamado del Señor siendo muy joven, trató de vivir de acuerdo a Su Voluntad y dar de ello “testimonio cotidiano”.

Con sus más y con sus menos; pero siempre fiel a sus principios y entregado a su familia, que amaba.  Nos dio mucho y le dimos mucho. Lo quisimos, lo lloramos, lo extrañamos y siempre estará con nosotros.

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